El tomate, un cultivo de amplia difusión a nivel global, se cultiva tanto en campos abiertos como en invernaderos. La composición de los residuos generados por este cultivo se distribuye en un 45% de frutos y un 55% de follaje que incluye hojas y tallos.
La pulpa de tomate, un subproducto industrial, constituye alrededor de un 20% del peso total de la fruta fresca y posee un alto nivel nutritivo, siendo rica en proteínas, minerales y vitaminas. Sin embargo, su uso presenta limitaciones.
El consumo directo de la pulpa o de los frutos de tomate “sin ensilar” es complicado y riesgoso, ya que al estar expuestos al aire, se deterioran rápidamente, favoreciendo el desarrollo de hongos y toxinas. Esto genera problemas logísticos y costos elevados en el transporte debido a su alta humedad, que oscila entre el 87% y el 89%.
Para prevenir estos inconvenientes, se recomienda el ensilado de los tomates junto con paja u otro tipo de fibra picada, lo cual incrementa la superficie absorbente. Este proceso es similar al que se aplica a la pulpa de naranja, ya que ambos presentan un elevado contenido de humedad que dificulta su manejo para la alimentación animal.
El ensilado del tomate, ya sea del fruto entero o de la pulpa, permite conservar el material durante períodos prolongados, siempre que se mantenga un ambiente anaeróbico. Cuando no se realiza el ensilado, el contacto con el oxígeno provoca la pérdida de nutrientes valiosos y un aumento en la actividad proteolítica, lo que puede llevar a fermentaciones indeseables.
Las cifras nutricionales de la pulpa de tomate, tanto fresca como ensilada, revelan que el contenido de materia seca aumenta de 11-13% a 30-35% tras el ensilado, mientras que la proteína bruta disminuye de 18-20% a 6-8%. En el caso de los tomates frescos y ensilados, la digestibilidad de la materia seca también presenta variaciones significativas.
Para volúmenes grandes de tomate a ensilar, se aconseja la construcción de silos torta o bunker, mientras que para cantidades pequeñas se sugieren silos-bolsas. Es crucial eliminar el aire rápidamente para lograr una adecuada fermentación láctica y estabilizar el material en menos de 30 días.
En conclusión, al igual que otras frutas y hortalizas, el tomate maduro que no puede ser comercializado tiene el potencial de convertirse en alimento para ganado, contribuyendo así a la reducción de costos de producción y a la minimización de la contaminación ambiental.
Fuente: La Nación



